lunes, 4 de febrero de 2019

Pedro y el lobo

En un pequeño pueblito de campo, había una vez un pícaro muchacho que salía todas las mañanas a pastar sus ovejas. Mientras descansaba tumbado en la yerba, el muchacho ocupaba su pensamiento con bromas y ocurrencias para asustar a los nobles habitantes de aquel pueblito.
Un buen día, decidió divertirse de lo lindo, y bajó corriendo la colina desde donde pastaba. “¡Auxilio! ¡Viene el lobo!” gritaba con toda la fuerza de sus pulmones una y otra vez. Los campesinos del lugar, se armaron de maderos y cuchillos y salieron al encuentro del muchacho para socorrerlo.
Sin embargo, al ver al pícaro soltando enormes carcajadas, comprendieron que se trataba de una broma de mal gusto, por lo que regresaron a sus casas muy enfadados. El joven había reído tanto, que quiso repetir la broma una vez más, y esperó a que los campesinos volvieran a sus labores para comenzar a gritar.
“¡Auxilio! ¡Viene el lobo!” y salieron nuevamente las personas a socorrerlo, solo que esta vez, terminaron aún más enfadados por las risotadas burlonas del jovenzuelo. Al día siguiente, el muchacho se dispuso a pastar sus ovejas como de costumbre, cuando sintió un gruñido espantoso a sus espaldas. Al volverse, notó la presencia de un temible lobo que le acechaba mostrando sus dientes.
“¡Ayuda por favor! ¡Auxilio! ¡El lobo está devorando mis ovejas!” pero las personas, creyendo que se trataba de otra de sus bromas, hicieron caso omiso a los gritos del joven. Y cierto es, que por más que se empeñó en pedir auxilio, los campesinos continuaron realizando sus labores sin prestar atención.
De esa manera, el lobo se zampó, una tras otra hasta no dejar ninguna, todas las ovejas del muchacho, a quien jamás se le ocurrió volver a bromear con los habitantes de aquel pueblito, pues aprendió que la mentira y el engaño nunca traen provecho alguno.

El perrito callejero

Ésta era una vez un perrito callejero de nombre Bebo. Como no tenía dueño, Bebo dormía a la intemperie y casi nunca tenía nada que comer. Un buen día, mientras el perrito trataba de dormir muerto de frío y su estómago rugía de tanta hambre, Bebo sintió que alguien se la acercaba.
¿Quién podría ser? Tal vez era una persona noble que lo llevaría a su casa y le daría comida, aunque también podía ser un gato flacucho como él buscando dónde cobijarse. Cuando la sombra se acercó, Bebo pudo reconocer a su amigo Toncho, un perro pequeño de pelos largos y sucios.
“Hola amigo”, dijo Toncho titiritando de frío. “Hola viejo amigo, no te había reconocido. Apenas alcanzo a ver porque estoy muy viejo”. “¿Qué te parece si rondamos el restaurante de la esquina? Tal vez nos den algo de comer”, dijo Toncho, pero Bebo no quiso moverse del lugar. “Me encantaría acompañarte, Toncho, pero ya no tengo fuerzas para caminar”.
Entonces, Toncho decidió salir por su cuenta a buscar comida para su viejo amigo, y en el camino se encontró con el gato Misi. “¿A dónde vas, Toncho?”, dijo el minino escondido entre unos viejos cartones. “Voy a buscar algo de comida para Bebo que está enfermo de frío”, “Pues yo buscaré algo para cobijarlo y darle calor”, dijo Misi rápidamente.
Al cabo de unos minutos, el gato se encontró con Chester el ratón. “¿A dónde vas, Misi?”, dijo Chester saliendo de una alcantarilla. “Voy a buscar algo para cobijar a Bebo. Está muy enfermo y muerto de frío”. “Pues yo buscaré un poco de jarabe para que no se resfríe”, dijo el ratón y salió corriendo hacia la farmacia.
Cuando el perrito Toncho llegó al restaurante, se escurrió por la puerta del fondo y pudo encontrar un trozo de carne en el depósito de los deshechos. Al verlo, el cocinero decidió seguirlo para ver a dónde se dirigía con el trozo de carne.
Mientras tanto, el gato Misi se había colado en la tintorería y en la caja de retazos descubrió un pedazo de tela confortable con la que Bebo podría cubrirse y protegerse del frío. La dueña de la tintorería vio al gato y decidió seguirlo para ver a dónde se dirigía.
Finalmente, el ratón Chester hurgó entre la basura de la farmacia y pudo encontrar un frasco de jarabe al que aún le quedaba algo de medicina. Cuando el boticario vio al ratón, no pudo resistir la curiosidad y le siguió para ver a dónde se dirigía con el frasco de jarabe.
Al cabo de unos minutos, los tres amigos llegaron al callejón donde permanecía Bebo. El perrito Toncho le ofreció el trozo de carne, el gato Misi lo cubrió con la tela, y el ratoncito Chester le inclinó el frasco de jarabe para que se lo tomara. Mientras todo aquello sucedía, el cocinero, la tintorera y el boticario contemplaban desde lejos cómo los animales atendían a su amigo Bebo, y fue tanta su emoción que decidieron acercarse para contemplar de cerca al animalito.
“Pobre perrito. Todos los días vendré a traerle comida de mi restaurante”, dijo el cocinero al instante. “Yo lo cubriré con mantas para que no pase frío”, dijo la tintorera emocionada. “Pues yo lo llevaré conmigo a mi farmacia para que no se enferme nunca más”, exclamó el boticario, y lo levantó entre sus brazos para llevarlo lejos de allí.
Desde entonces, Bebo no tuvo que pasar frío ni sufrir de hambre en las calles. El cocinero le trae comida a la farmacia todas las noches, la tintorera le cose mantas confortables y calentitas para que siempre esté protegido, y el boticario vela porque nunca se enferme con sus remedios y jarabes.
¿Y los amigos de Bebo? Pues ellos también lo visitan y comparten con él su comida y sus mantas, mientras Bebo les agradece por todo lo que hicieron, contándoles historias y cuentos de su infancia hasta quedar todos dormidos en la comodidad de la farmacia.

La princesa de la lluvia

Esta no es una historia de princesas como las que estás adaptada a leer o ver, sino una que nos cuenta de una pequeña niña, que ganó el pulso a sus amigas y conquistó el derecho de ser la princesa de la lluvia por su ingenio e imaginación.
La niña se llamaba Eliselda y resulta que un día muy lluvioso estaba en su casa junto a otras cuatro niñas, amigas de ella, y cuatro niños, sus tres hermanos y otro más.
Además de los peques, en la casa había adultos; los padres de Eliselda y una pareja de amigos de estos, padres a su vez de uno de los niños y una niña que estaban jugando junto con los otros.
La lluvia no tenía para cuando parar y ya los juegos infantiles se estaban agotando.
Los niños se aburrían y entonces los adultos idearon un plan para mantenerlos entretenidos.
-Haremos una obra de teatro en la que cada cual tendrá un papel –propuso el amigo del padre de Eliselda.
Todos aceptaron gustosos, pero las niñas, cuando descubrieron que la obra sería de princesas, empezaron a discutir entre ellas, pues todas querían encarnar el rol protagónico de la bella heredera de la corona.
-No peleen –dijo el hombre que funcionaba como director de la obra-. Todas pueden ser princesas pues nuestra obra tendrá cinco y no una como casi todas las historias.
Las niñas se miraron sorprendidas, pues no entendían cómo podía haber una historia con cinco princesas.
Los adultos debatieron entre ellos para ver cómo resolver el embrollo y crear un argumento con cinco princesitas.
Así, explicaron que en la comarca de la historia habría efectivamente cinco princesitas, que alternarían la primacía en correspondencia con el estado del tiempo que hubiese en el reino.
Una reinaría en los días de lluvia, otra en los soleados, una en los neblinosos, otra en los que nevara mucho y por último, una para los nublados.
Las niñas aceptaron gustosas, pero al percatarse que jugarían en un día lluvioso empezaron a discutir nuevamente.
Todas querían ser la princesa de la lluvia, ya que la que encarnase ese rol, reinaría de momento por encima de las demás.
La sana pelea era disfrutada por los niños varones y los adultos, que reían de los caprichos de las niñas.
Sin embargo, el director de la obra propuso su idea para acabar con la discusión.
Harían un casting, y aquella pequeña que mejor dramatizase su idea de princesa de la lluvia, tendría el papel.
Las niñas hallaron la tarea muy complicada. No vislumbraban cómo escenificar acertadamente a una posible princesa de la lluvia.
Eliselda, que destacaba por su imaginación y creatividad, decidió que lo mejor era ir a preguntarle a ese elemento atmosférico.
Así, fue al portal y observa a la lluvia, que tenazmente se negaba a dejar de caer y permitir que aclarase el día. Tras unos minutos de observación, Eliselda volvió a entrar a la casa y dijo:
-Listo, ya sé cómo ser la princesa de la lluvia.
Sin decir nada más, tomó una sábana y subió al improvisado escenario que había hecho el director.
Se colocó la sábana encima de ella y empezó a moverse de arriba abajo, cual lluvia que caía y de repente se quedó acostada en el suelo del escenario, donde empezó a golpear progresivamente con sus dedos, simulando la lluvia que caía en el exterior de la casa.
Tanto empeño le puso Eliselda a su interpretación, que cuando acabó se descubrió y vio que había dejado boquiabiertos tanto a adultos como al resto de niñas y niños.
Así, nadie puso en duda que a ella correspondía el papel de princesa de la lluvia y todos juntos ejecutaron una bonita obra, en la que ninguna princesa era más importante que otra, pero sí era la de la lluvia la más reconocida por la creatividad e imaginación de Eliselda, la pequeña niña que la encarnaba.

El cascanueces

El granjero Stahlbaum y su señora celebraban una fiesta de Navidad. Clara y su hermano, hijos de Stahlbaum, estaban muy contentos. Clara esperaba impaciente al mago Drosselmeyer, su tío favorito, un fabricante de juguetes que siempre llegaba con alguna novedad.
El mago llegó con su sobrino, Fritz, y una gran caja de sorpresas de la que fueron saliendo sucesivamente un soldado bailarín, una muñeca y un oso polar con su cría. Clara quería quedarse con la muñeca, pero su madre le explicó que es imposible.
La niña comenzó a llorar desconsoladamente y Drosselmeyer sintiendo la pena de la niña, la sorprendió con un regalo especial: un gran cascanueces de madera. Su hermano recibió el Rey de los Ratones. En una pelea entre hermanos, se rompe el Cascanueces, pero Drosselmeyer, lo arregla con una venda y lo deja casi perfecto.
Cuando la fiesta termina, los invitados se van y el pequeño Cascanueces se queda junto al árbol de Navidad. Antes de la medianoche, la niña baja para ver a su Cascanueces, pero al quedarse dormida comienza a soñar que todo cobra vida a su alrededor: 
Aparece el Rey de los Ratones y su banda de roedores que aterrorizan a la niña. Pero de pronto llegan los soldaditos de juguete comandados por el cascanueces para defender a Clara. Fritz los ayuda como capitán de artillería y la niña se siente protegida por estos nuevos amigos. Sin embargo comienzan a perder la batalla. Clara se arma de coraje y lanza una de sus zapatillas al Rey de los Ratones. Lo derriba, el Cascanueces lo mata y los ratones huyen.
Es entonces cuando el Cascanueces se transforma en un hermoso príncipe e invita a Clara y a Fritz a un viaje a través del bosque encantado. Al llegar al bosque, se encuentran con el rey y la reina de las nieves quienes bailan para ellos junto a los copos de nieve. La danza se va convirtiendo en un torbellino y finalmente impulsa al trineo, con el príncipe, Clara y Fritz a bordo, hacia un lugar lleno de magia.
Clara, Fritz y el príncipe llegan al reino de los confites, donde los recibe un hada. Allí el hada pide al príncipe que narre sus aventuras como Cascanueces y tras esto, comienza una fiesta maravillosa que culmina en un baile entre el príncipe y el hada. Clara y Fritz vuelven de regreso a la realidad en su trineo.

domingo, 3 de febrero de 2019

Caperucita Roja

Érase una vez una niña que era muy querida por su abuelita, a la que visitaba con frecuencia aunque vivía al otro lado del bosque. Su madre que sabía coser muy bien le había hecha una bonita caperuza roja que la niña nunca se quitaba, por lo que todos la llamaban Caperucita roja.
Una tarde la madre la mandó a casa de la abuelita que se encontraba muy enferma, para que le llevara unos pasteles recién horneados, una cesta de pan y mantequilla.
– “Caperucita anda a ver cómo sigue tu abuelita y llévale esta cesta que le he preparado”, –le dijo. Además le advirtió: –“No te apartes del camino ni hables con extraños, que puede ser peligroso”.
Caperucita que siempre era obediente asintió y le contestó a su mamá: – “No te preocupes que tendré cuidado”. Tomó la cesta, se despidió cariñosamente y emprendió el camino hacia casa de su abuelita, cantando y bailando como acostumbraba.
No había llegado demasiado lejos cuando se encontró con un lobo que le preguntó: – “Caperucita, caperucita ¿a dónde vas con tantas prisas?”
Caperucita lo miró y pensó en lo que le había pedido su mamá antes de salir, pero como no sintió temor alguno le contestó sin recelo. – “A casa de mi abuelita, que está muy enfermita”.
A lo que el lobo replicó: – “¿Y d ó nde vive tu abuelita?”.
– “Más allá de donde termina el bosque, en un claro rodeado de grandes robles”. – Respondió Caperucita sin sospechar que ya el lobo se deleitaba pensando en lo bien que sabría.
El lobo que ya había decidido comerse a Caperucita, pensó que era mejor si primero tomaba a la abuelita como aperitivo. – “No debe estar tan jugosa y tierna, pero igual servirá”, – se dijo mientras ideaba un plan.
Mientras acompañaba a esta por el camino, astutamente le sugirió: – “¿Sabes qué haría realmente feliz a tu abuelita? Si les llevas algunas de las flores que crecen en el bosque”.
Caperucita también pensó que era una buena idea, pero recordó nuevamente las palabras de su mamá. – “Es que mi mamá me dijo que no me apartara del camino”. A lo que el lobo le contestó: – “¿Ves ese camino que está a lo lejos? Es un atajo con el que llegarás más rápido a casa de tu abuelita”.
Sin imaginar que el lobo la había engañado, esta aceptó y se despidió de él. El lobo sin perder tiempo alguno se dirigió a la casa de la abuela, a la que engañó haciéndole creer que era su nieta Caperucita. Luego de devorar a la abuela se puso su gorro, su camisón y se metió en la cama a esperar a que llegase el plato principal de su comida.
A los pocos minutos llegó Caperucita roja, quien alegremente llamó a la puerta y al ver que nadie respondía entró. La niña se acercó lentamente a la cama, donde se encontraba tumbada su abuelita con un aspecto irreconocible.
– “Abuelita, que ojos más grandes tienes”, – dijo con extrañeza.
– “Son para verte mejor”, – dijo el lobo imitando con mucho esfuerzo la voz de la abuelita.
– “Abuelita, pero que orejas tan grandes tienes” – dijo Caperucita aún sin entender por qué su abuela lucía tan cambiada.
– “Son para oírte mejor”, – volvió a decir el lobo.
– “Y que boca tan grande tienes”.
– “Para comerte mejooooooooor”, – chilló el lobo que diciendo esto se abalanzó sobre Caperucita, a quien se comió de un solo bocado, igual que había hecho antes con la abuelita.
En el momento en que esto sucedía pasaba un cazador cerca de allí, que oyó lo que parecía ser el grito de una niña pequeña. Le tomó algunos minutos llegar hasta la cabaña, en la que para su sorpresa encontró al lobo durmiendo una siesta, con la panza enorme de lo harto que estaba.
El cazador dudó si disparar al malvado lobo con su escopeta, pero luego pensó que era mejor usar su cuchillo de caza y abrir su panza, para ver a quién se había comido el bribón. Y así fue como con tan solo dos cortes logró sacar a Caperucita y a su abuelita, quienes aún estaban vivas en el interior del lobo.
Entre todos decidieron darle un escarmiento al lobo, por lo que le llenaron la barriga de piedras y luego la volvieron a coser. Al despertarse este sintió una terrible sed y lo que pensó que había sido una mala digestión. Con mucho trabajo llegó al arroyo más cercano y cuando se acercó a la orilla, se tambaleó y cayó al agua, donde se ahogó por el peso de las piedras.
Caperucita roja aprendió la lección y pidió perdón a su madre por desobedecerla. En lo adelante nunca más volvería a conversar con extraños o a entretenerse en el bosque.

Los 3 cerditos

Al lado de sus padres , tres cerditos habían crecido alegres en una cabaña del bosque. Y como ya eran mayores, sus papas decidieron que era hora de que construyeran , cada uno, su propia casa. Los tres cerditos se despidieron de sus papas, y fueron a ver como era el mundo, y encontraron un bonito lugar cerca del bosque donde construir sus tres casitas.



Los tres cerditos
El primer cerdito, el perezoso de la familia , decidió hacer una casa de paja. En un minuto la choza estaba ya hecha. Y entonces se fue a dormir.

El segundo cerdito , un glotón , prefirió hacer la cabaña de madera. No tardo mucho en construirla. Y luego se fue a comer manzanas.

El tercer cerdito , muy trabajador , opto por construirse una casa de ladrillos y cemento. Tardaría mas en construirla pero estaría mas protegido. Después de un día de mucho trabajo, la casa quedo preciosa. Pero ya se empezaba a oír los aullidos del lobo en el bosque.

No tardo mucho para que el lobo se acercara a las casas de los tres cerditos. Hambriento , el lobo se dirigió a la primera casa y dijo:

– ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplare y tu casa tirare!.

Como el cerdito no la abrió, el lobo soplo con fuerza, y derrumbo la casa de paja.



Casita de paja
Casita de paja
El cerdito, temblando de miedo, salio corriendo y entro en la casa de madera de su hermano. El lobo le siguió.

Y delante de la segunda casa, llamo a la puerta, y dijo:

– ¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme la puerta o soplare y tu casa tirare!

Pero el segundo cerdito no la abrió y el lobo soplo y soplo, y aunque la casita de madera aguantó mucho más que la casita de paja, al final la casita se fue por los aires.



Casita de madera
Casita de madera
Asustados, los dos cerditos corrieron y entraron en la casa de ladrillos de su otro hermano. Pero, como el lobo estaba decidido a comérselos, llamo a la puerta y grito: – ¡Ábreme la puerta!

¡Ábreme la puerta o soplare y tu casa tirare! Y el cerdito trabajador le dijo:

– ¡Soplas lo que quieras, pero no la abriré!



Casita de ladrillos
Casita de ladrillos
Entonces el lobo soplo y soplo. Soplo con todas sus fuerzas, pero la casa ni se movió. La casa era muy fuerte y resistente. El lobo se quedo casi sin aire. Pero aunque el lobo estaba muy cansado, no desistía. Después de dar vueltas y vueltas a la casa, y no encontrar ningún lugar por donde entrar, pensó en subir al tejado, trajo una escalera , subió a la casa y se deslizo por la chimenea. Estaba empeñado en entrar en la casa y comer a los tres cerditos como fuera. Pero lo que el no sabía es que los cerditos pusieron al final de la chimenea, un caldero con agua hirviendo. Y el lobo , al caerse por la chimenea acabo quemándose con el agua caliente. Dio un enorme grito y salió corriendo y nunca mas volvió por aquellos parajes. Así los cerditos pudieron vivir tranquilamente. Y tanto el perezoso como el glotón aprendieron que solo con el trabajo se consigue las cosas. Y enseguida se pusieron manos a la obra, y construyeron otras dos casas de ladrillos, y nunca más tuvieron problemas con ningún lobo.



Los tres cerditos contentos
Los tres cerditos contentos
¿Qué podemos aprender de este cuento?

Los valores que trasmite este cuento son validos tanto para niños como para adultos:

Esfuerzo.  El cuento claramente nos muestra que el esfuerzo que dediquemos en nuestras tareas nos llevarán al éxito o al fracaso. Los dos primeros cerditos como tienen prisa en ir a divertirse con alguna otra actividad no se esfuerzan en la construcción de sus casas, y por ellos el lobo casi consigue comérselos, pero el otro cerdito que se esfuerza mucho en construir su casita de ladrillos, consigue como recompensa la tranquilidad de que el lobo no podrá entrar en su casa.
Solidaridad. Este segundo valor también es muy importante, los cerditos cuando ven a sus hermanos en problemas, rápidamente los dejan entrar en sus casitas, tanto el cerdito de la casita de madera, como el cerdito de la casita de ladrillos que deja entrar a sus dos hermanos.
Cooperación. Este valor también es muy evidente en el cuento, ya que los cerditos cooperan para poder solucionar el grave problema que tiene, en primer lugar, entre los tres ponen a hervir el agua bajo la chimenea para escaldar al lobo cuando intente entrar, y una vez el lobo se ha ido, entre los tres construyen otras dos casas de ladrillos para que los dos hermanos pueden también vivir tranquilos.

Pedro y el lobo

En un pequeño pueblito de campo, había una vez un pícaro muchacho que salía todas las mañanas a pastar sus ovejas. Mientras descansaba tumb...